viernes, 24 de noviembre de 2023

Encarnita Albarracín

 

       La rondeña Encarna Albarracín posa en su domicilio de la capital jiennense.

María Dolores García Márquez      

Transmite con pasión lo que piensa y siente y dice ser muy feliz con su vida, como parece ser usual en la gente que se ofrece a los demás. Encarna Albarracín Pérez es esposa, madre, suegra, abuela, ama de casa, responsable de la Legión María en la Diócesis de Jaén, ministro extraordinario de la Eucaristía que lleva la Comunión a los enfermos en la Clínica de Cristo Rey, voluntaria de la Pastoral Penitenciaria, catequista de un grupo de Confirmación, miembro del Consejo Parroquial, fue colaboradora con Cursillos de Cristiandad y, en sus comienzos, con Nuevos Sarmientos.

Sus actividades en la vida evangélica son tantas como las personas que cuentan con ella, porque con Encarnita siempre se cuenta.

—¿Cómo se desarrolla su día a día?

—Todas las mañanas, voy a Cristo Rey a dar la Comunión a los enfermos, si alguno está muy grave o desea confesar, llamo al Capellán. Después escucho Misa. Lo demás, depende del día: voy a La Guardia, a Carchelejo, a catequesis con los jóvenes, con los reclusos de la cárcel de Jaén o surgen reuniones, retiros y convivencias. El sábado es para mi casa.

—Lleva en Jaén más de 35 años y aún no ha perdido el acento, ¿de dónde es?

—Me siento feliz aquí, la gente de Jaén nos acogió con mucho cariño pero no olvido mi tierra. Nací en Ronda, un martes, 7 de noviembre, en una preciosa casa donde viví con mis padres, mi hermano mellizo y mi hermana pequeña. Me gustaba estudiar, así que inicié la carrera de Comercio (Empresariales hoy), a la vez que me examinaba de cursos de Inglés en Algeciras; di clases desde los 8 hasta los 18 años con un profesor nativo de Inglés y el título lo terminé en la Escuela de Idiomas, aquí en Jaén. En Ronda también conocí a mi marido.

—Tenía 16 años cuando le conoció, ¿cómo se inició su vida de pareja?

—Era el primer año que se celebró la Goyesca, en el año 1954. Yo iba por la calle y él, vestido de militar, me dijo: “Adiós, guapa” y no le contesté. Entonces, pedí referencias y, cuando supe de él, le empecé a hablar. Fue mi primer novio. Tuvimos 8 años de relación en los que seguí dando clases de Inglés y haciendo mi ajuar; mientras, él realizaba su carrera. Nos casamos cuando económicamente nos lo pudimos permitir y, a los dos meses, me quedé embarazada de la primera de mis tres hijos, todos nacidos en mi casa de Ronda. Fueron años que fuimos de destino en destino, muchos de ellos costeros. Enfermé por la humedad, por lo que solicitamos una ciudad de interior. Miramos el mapa y acabamos en Jaén, en 1971.

—Lo que hace es admirable. Supongo que, como todo lo importante, surgió de lo más sencillo. ¿Cómo sucedió?

—Fueron muchas coincidencias. Al llegar a Jaén fuimos a vivir a las casitas de La Acelerada, que estaban cerca del Colegio San Juan Bosco y mis hijos estudiaron allí. San Juan Bosco fue el fundador de Los Salesianos, cuya patrona es la Virgen María Auxiliadora, muy venerada en Ronda, dónde, además, está La Casa de los Salesianos. En mi familia la devoción a la Virgen es tan grande que llamé a mi hija Loli Auxiliadora y mi primera nieta, María Auxiliadora. En seguida empecé a colaborar en mi parroquia y en los Hogares Don Bosco. Ese mismo año sacamos a la Virgen por primera vez en procesión. Un día vino a casa una mujer paraguaya, María del Carmen, que me habló de la Legión de María y me invitó a trabajar en la Asociación. Le dije que lo hablaría con el párroco y, si él quería, se formaría un grupo en San Juan Bosco. Y así nació La Legión de María en la Diócesis de Jaén, en 1972, con tres grupos: El Sagrario, Santa Isabel y el nuestro.

—¿Cómo se quedó al cargo del Apostolado de la cárcel?

—Destinaron a la hermana Ángeles a Granada, ella era la encargada de esa labor. Ella misma me llamó. No lo pensé y fuimos juntas la primera vez, en 1984. No sentí miedo, pensaba que Dios venía conmigo. Me impresionó la vida allí, el sufrimiento. Esa noche no dormí, la pasé rezando y pidiendo a Dios. En una ocasión me preguntaron que porqué iba y respondí que iba por mi fe. No se cómo se enteraron, pero mi actitud provocó consideración hacia mí entre los reclusos. Voy a la cárcel con las manos vacías y me acerco a los presos, los acompaño, los escucho, les doy el apoyo que puedo, sin entrometerme en temas de trabajo social ni de educadores, aunque colaboro con ellos cuando me lo piden. Quizá sea mi presencia, mi constancia en las visitas, lo que hace que los reclusos ya me conozcan y, a veces, quieran contar conmigo. Siento el cariño y el respeto con que vienen a mí.

—¿Por qué la Legión de María?

—Por su carisma: la oración y el trabajo. Somos seglares que colaboramos en la misión evangelizadora de la Iglesia, servimos a los más pobres, los enfermos, los marginados y los ancianos. Conocemos nuestras limitaciones, pero lo hacemos con actitud de servir a los demás por amor a Dios. En 1921, en Dublín, un grupo de quince personas, movidos por la necesidad de ayudar, invocaron al Espíritu Santo y fueron de dos en dos a visitar a necesitados haciendo apostolado. Así nació y, al día de hoy, la Legión de María trabaja en más de 2.000 diócesis en los cinco continentes, con más de dos millones de miembros. En Jaén, hay 18 grupos de adultos y 2 de jóvenes.

—¿En los grupos participan tanto hombres como mujeres?

—Sí y, en los de jóvenes, hay chicos y chicas por igual. Sin embargo, los de mayores son mayoritariamente femeninos.

—Y eso, ¿a qué cree que es debido?

—Quizá a lo mismo que provoca la poca participación masculina seglar en general. Pienso que los hombres temen ser tachados de “beatos”, concepto mal visto socialmente y más en los tiempos que corren. Además, los hombres de edad tienen cierto respeto a entrar en casas ajenas, acompañar o ayudar a enfermos o dar testimonio de Dios ante los demás. Esto no ocurre entre los jóvenes que tienen mentalidad mucho más abierta, más libre.

—Dice “en los tiempos que corren”, ¿a qué se refiere?

—A la crisis que vivimos, y no precisamente la económica, sino a la espiritual. Muchas personas apuestan por lo material sobre lo espiritual, lo que está provocando un cambio en el sistema de valores, de tal manera que, hoy en día, prevalece la compra de un vehículo sobre las necesidades ajenas, las marcas de ropa sobre el dolor del prójimo o una sexualidad descontrolada sobre una actitud responsable. Esto lleva a situaciones de ambiciones desmedidas, consumismo sin sentido o embarazos no deseados, todo ello porque, en definitiva, se ha decidido prescindir del amor de Dios.

—¿Qué siente ante esto?

—Pena, mucha pena. En la Eucaristía pongo esto en manos de Dios. Confío en Él, que es lento a la ira y rico en Misericordia. También observo como en los momentos de necesidad la gente seguimos acudiendo a la Iglesia. Cáritas, por ejemplo, da de comer hoy a muchas personas que no llegan a fin de mes, incapaz de volver la cara a otro lado ante la necesidad del hermano. En él está Jesús.

        Diario Jaén 11-01-2009

 



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